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Pájaros Nocturnos en la Fonoteca de Poesía

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Comparto el enlace de la Fonoteca de Poesía donde, generosamente, me ceden el espacio para la lectura de 3 poemas incluidos en Pájaros Nocturnos (Halley ediciones, 2020)

Pienso

No habrá más lluvias este otoño dijo la radio, dijo que aumentará la carne porque subió la nafta porque subió el petróleo, subió todo Menos los sueldos , dijo Tito y se rascaba la nuca se rascaba las motas se rascaba, pienso, la pregunta que nadie hace y todos piensan y la vemos flotar en el vino la vemos hundirse en el vaso grasiento y es mejor, pienso, no pensar si todo está tan tranquilo aquí con el mármol sosteniendo el peso del cuerpo, un pie  que se apoya en la barra de bronce y hasta suena un tango y Gardel sonríe, pienso, porque la muerte era una pregunta lejana, como la vida ahora que espera detrás de la ventana, detrás de la mueca amarga, detrás del humo azul, detrás del silencio que se esconde en el fondo del vaso, pienso, mientras demoro el último trago.

Dice el cantor

 Decí cantor por qué tu canto es el acero de un yunque negro, donde con furia golpea la noche la oscura maza de los misterios. Decí cantor por qué tus ojos son la fragua donde el Eterno fundiendo estrellas hizo al hombre de agua, barro y tiempo. Decí cantor por qué tus manos pulsan la cuerda del instrumento del viejo árbol que fue cobijo de los pájaros y su lamento. Decí cantor por qué retumba tu voz grave entre los cerros; y cuando callas pareciera que el río flota en el silencio. Decí cantor por qué en tus versos la patria entera se subleva; y desde Bella Unión a Montevideo resuena un grito de guerra. Decí cantor por qué al cantar un viento triste te va llevando. Ya sé cantor, no digas nada, que afuera llueve y estoy llorando.

Égogla

Acomodó sus manos, como dos palomas tranquilas que encuentran al fin reposo  y miró la tierra oscura, la tierra madre de piel ajada y dura; piel morena como sus manos curtidas, dolientes, que acarician con ternura su henchido vientre de vida nueva. Y recordó el amor, esa herida de luz: el abrazo salvaje y su cuerpo rendido frente al asedio, ciudadela sitiada por el deseo. Como la tierra hembra que abre sus piernas firmes; y jadeante recibe la lluvia cálida del verano y el sudor del hombre que la preña. Los bueyes que trozan sus negros racimos, y el cuerpo terroso que se entrega, exhausto, a la siesta de los árboles. - Será aquí, dijo. El hombre la miró largamente, con el amor en la punta de sus ojos; y su boca se abrió en una sonrisa. Un pájaro cantó sobre el mástil de la noche.

Poema en construcción

El hombre construye su casa. Levanta día y noche, ladrillo por ladrillo, un muro que lo cobije del frío, del hambre; del puño de rabia que golpea los ojos furibundos, la boca tiesa, la otra mejilla que ofrece mientras baja la cabeza. Clava sus huesos, tirante por tirante, sobre la oscura viga que lo atraviesa. Hunde sus piernas en el barro, columnas de un templo de adobe; y encadena su cuerpo a la tierra. Entre los párpados pesa una bolsa de portland; y su cuerpo se balancea sobre el alto esqueleto de una escalera. El corazón bombea balde tras balde: sangre por agua, sudor por cemento, piel por arena. Las aberturas se cierran y el corazón se detiene sobre la puerta. La casa está en pie. El hombre, ahora descansa.

Carta desde un país lejano

"-De dónde vienes?-preguntó Ana. -De la guerra. -Qué es la guerra -Un ruido espantoso que se te mete por los ojos, por los oídos, por la nariz, por la boca" (Ana y el agua muda - Julio Inverso) Tengo miedo madre. La selva me engulle y un par de ojos dorados me observa detrás del follaje. En el fondo del lago veo la cara del hombre que ha muerto entre mis manos. La muerte me busca, madre; esa serpiente ciega y oscura. Navega por los ríos, trepa por la ladera de los montes y se escurre entre los arrozales. El viento silba una canción triste en un lenguaje extraño y olvidado. Cargo con mi compañero que se desangra y en un hilo de voz, llama a su madre, a su novia; y el aire no le alcanza (aquí el aire es rojo y amargo y cuando respiras una navaja recorre tu garganta). Le digo que sea fuerte, que pronto estará en la granja con su padre segando el maíz, montando a caballo; y correrán con Peggy hasta el arroyo, limpio y cristalino como una bendición, sin ojos que observen desde la

Año nuevo

Apagado el último estruendo decembrino y asomado el lucero que anuncia el año nuevo, vuelve la esquina a su silencio, la terraza a sus alambres, la ventana a sus postigos. Los perros a sus huesos, los gatos a sus amores. Mi cuerpo se acostumbra nuevamente a los calores y mi esperanza al desengaño, de saber que por un cambio de cifra en el calendario, no va a cambiar el año.